En la actualidad, y ya desde hace años, irrumpen con fuerza y aliento en el ámbito educativo numerosos conceptos de suma relevancia que alejan la idea de que lo más importante en el colegio es la mera transmisión de conocimientos del docente al discente. Nos referimos, en concreto, a los avances que llegan desde la neuroeducación, la archiconocida teoría de las inteligencias múltiples, la educación personalizada, la inclusión y, por supuesto, la educación emocional. Si algo preocupa inicialmente a las familias que acuden a nuestro centro escolar es, en primer lugar, la salud física de sus hijos e hijas, pero ¿qué pasa con la salud emocional?
Desde el equipo de docentes del colegio Divina Pastora de Ourense tenemos muy presente que las emociones son fundamentales en la vida de las personas, y si cabe, más, en edades tempranas porque es aquí donde asientan sus cimientos. Las emociones tienen una función adaptativa, pueden ser positivas o negativas, pero lo realmente importante es nuestra capacidad para gestionarlas, y esto es lo que debemos trabajar desde las aulas de educación infantil.
El maestro tiene el importante reto, junto con las familias, de introducir al niño y a la niña en el conocimiento y reconocimiento de estas emociones –tanto en sí mismos como en los demás-, así como en las capacidades para una adecuada gestión de las mismas. De ahí la necesidad, una vez más, de conectar escuela y vida.
Los estudios demuestran que los niños y las niñas que son “emocionalmente inteligentes” tienen mayor probabilidad de “sentirse seguros de sí mismos, mejoran en la escuela, tienen pocos problemas de comportamiento, gozan de un mejor estado de salud, consiguen llevarse mejor con los amigos y, además, resisten mejor a los problemas.” (Ortiz Alonso T. s.f.). También se advertirá una mejora en la convivencia y en el clima escolar.



